9.13.2006

Se acabo lo que se daba. El tunning y desgracias varias

Ya estamos de vuelta. Se acabó el verano. No las vacaciones, que esas ya cayeron hace tiempo, ni tampoco la estación, que aún le queda algo, pero cuando todos volvemos al curro (los que tenemos, que esa es otra), cuando dejamos el pueblo o el lugar donde huimos del calor, cuando por la noche empezamos a dejar de sudar incluso cuando sólo dormimos, ha acabado el verano.

Sin embargo, cuando volví el otro día a casa, cuando me reconvertí en urbanita, lo primero que me conectó al mundo real no fué nada de eso. Fué un simple ruido.

Me encontraba dormitando los últimos calores veraniegos en el sofá cuando me despertó un tunero (que Alá confunda) con el chunta chunta del reggaeton de turno. No había duda de que me encontraba inmerso de nuevo en la modernidad ciudadana.
Está claro que además de la expulsión del paraiso, al ser humano le caerían desgracias que aparecerían periódicamente a lo largo de la historia y la que nos ha caído a nosotros es el tunning.

Para quien no sepa en que consiste, basten dos palabras. Cójase un vehículo y a un sujeto y permítase a este demostrar cuan hortera y zafio puede llegar a ser. Déle carta blanca para convertir un vehículo en un monumento al mal gusto y dótelo de potencia sonora para que nadie pueda ignorarlo cuando circule por la calle.

Lo más gordo es que esta suerte de individuos se creen admirados. Cuando, a su paso el espantado peatón vuelve la mirada acordándose de toda su familia (viva y muerta) el se cree que es pura admiración por la obra, avivando su ansia horterotunera.

Otra losa que se nos cae encima al final del verano es la llegada de la basura televisiva.
Fieles a su cita como las colecciones de fascículos, inundan de repente las parrillas televisivas. Ya tenemos asediando el GH, el OT, los del hielo, y ni se sabe cuantos más apareceran antes de que el més acabe.
Seguramente sus participantes practican el tunning, o les gustaría hacerlo. Ya se sabe, Dios los cria... Desde luego, como mínimo practican el tunning mental. Pero lo increible de todo esto no es ya el colectivo que participa sino el que disfruta viéndo las evoluciones en la pista, quiero decir en la pantalla, de los participantes. Esto es mucho más preocupante. Cualquier pais se puede permitir tener un subconjunto finito y limitado de descerebrados, pero la cantidad de lobotomizados que se genera puede resultar inadecuada para el progreso. Eso si; proporcionan un vivero de 'noticias' para completar las parrillas de televisión de determinadas cadenas.
A esto hay que añadir el efecto colateral que tiene en las conversaciones de café, cañas y reuniones de amigos. Más de una vez me he encontrado con el problema de no poder opinar. ¿Como voy a opinar sobre si Sergio tiene razón al denunciar a Sylvia o Pablo es malo por abandonar a Manoli, si no sé quienes son los sujetos de marras? Porque, señor, me niego a ponerme al día ne esos temas. Me empiezo a sentir como un marginado en la sociedad de la comunicación.

De hecho no estoy seguro de que alguien lea esto, pero me quedo de un a gusto... ¡Gracias, querido lector, por su terapéutica ayuda!